Saudades. Algunas notas sobre los usos de la lengua o el idioma, en los ámbitos político y mediático

16/05/2026

A Jaime Luis Brito

Parafraseando, según mi memoria, un epígrafe de Adam Schaff, en su texto Introducción a la Semántica, a propósito de esta cuestión: “Los hombres se contentan con las mismas palabras que usan otras personas, como si el mismo sonido portara necesariamente el mismo significado”.

John Locke

Presentación. Desde hace algunos meses he seguido, con relativa regularidad, las reflexiones que Jaime Luis Brito nos comparte generosamente a través de su columna Tiempos Modernos, en Quadratín Morelos. Ello me ha permitido elaborar un conjunto de reflexiones sobre temas con diferente nivel de análisis en asuntos que debieran ocupar nuestro pensamiento reflexivo y crítico; en este sentido, he tratado de elaborar y compartir estas ideas sobre la noción de poder, y sobre la cuestión relativa a la autorización del incremento al costo del pasaje del transporte público en Morelos (conocido como “Rutas”) a cambio de una promesa de “modernizar” el servicio.

En mi libro más reciente, Ensayos, Historias y Relatos (Centro de Estudios e Investigación en Neuropsicología del Desarrollo, 2026), incluyo un Glosario de terminología política ambigua y eufemística, dentro del cual presento, además de algunas definiciones básicas, términos eufemísticos tales como: Izquierda-Derecha, Populismo, Sociedad Civil-Sociedad Política, Clasismo-Clasista, Científico, Sistema, Poder o Grupos Vulnerables, entre otros más.

Pues bien, esta ocasión, tratando de precisar la cuestión y abordar estos dos asuntos, a más de saldar el compromiso que establecí con Jaime Luis y escribir algo al respecto, me dispongo a atenderlos anteponiendo una breve introducción —jejeje, eso espero—.

Introducción. Podemos imaginar que la lengua —léase los idiomas, que no el lenguaje—, así como el léxico, el vocabulario o las palabras que componen a la misma, además de cumplir una función referencial con respecto a los objetos, sucesos o acciones que nombra o refiere, también posee una transparencia y claridad que no deja lugar a las dudas sobre lo que quiere decir el hablante y su relación con la verdad de lo dicho y la intención comunicativa.

No sé, en realidad, si lo sé, lo supe, lo sabré, lo escuché, soñé, imaginé, aluciné o deliré; si me lo contaron o, alguna vez, no recuerdo cuándo ni dónde, lo leí en un texto, de esos que hace tiempo fueron desnudados con las yemas de los dedos y acariciados con los ojos, una tarde, con un vaso de whisky al lado, cuando quise examinar, tras los siete velos que le envuelven, un cuerpo de ideas incontrovertibles que, sin embargo, aparecían y se desvanecían, cual ninfas danzando seductoras, semejando, quizás, fantasmas siniestros. Entonces, agobiado por las dudas, decidí buscar en la memoria digital el Discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura, en el año 2002, expresado por el escritor húngaro Imre Kertész.

Aquel día, el escritor laureado manifestó:

(…) No quiero ser gracioso. Considere lo que le ocurrió al lenguaje en el siglo XX, qué pasó con las palabras. Me atrevería a decir que el primer y más impactante descubrimiento hecho por los escritores de nuestro tiempo fue que el lenguaje, en la forma que se nos ocurrió, un legado de cierta cultura primordial, simplemente se había vuelto inadecuado para transmitir conceptos y procesos que alguna vez habían sido inequívocos y reales. Piense en Kafka, piense en Orwell, en cuyas manos la vieja lengua simplemente se desintegró. Era como si le estuvieran dando vueltas y vueltas en un fuego abierto, sólo para mostrar sus cenizas después, en las que surgieron patrones nuevos y desconocidos (…)

Al parecer, una vez devuelta a nuestro cúmulo de recuerdos guardados en la memoria personal esta idea, no podía menos que admitir que las palabras y la lengua, como todo cuanto existe o es en nuestro mundo, se encuentran sujetas al devenir y al cambio inexorable.

¡Vamos! Hay palabras que nacieron hace mucho tiempo para expresar ciertas cosas en ese momento histórico y que, al ser utilizadas hoy, ya no pueden referir lo que en esa época denominaban; tampoco podemos interpretar, como lo hacían durante otras eras otros que ya no somos nosotros, las palabras que ahora no tienen ni el significado ni el sentido que tuvieron en esos momentos y lugares; entonces, ahora nos parecen inútiles, mutiladas de capacidad simbólica o semiótica o inoperantes para representar en su exacta dimensión lo que nos proponemos compartir con los otros.

¡Vaya! También podemos admitir que algunas veces nos faltan las palabras para expresar nuestros sentimientos o pensamientos y nos tornamos en “buscadores de palabras” y, al no poder toparnos con ellas, inventamos o creamos neologismos “(…) Hay palabras que aún no nacen, y cuánta falta hacen…”. Sicut Dixi.

Kertész, otra vez, sugería a la sazón, en su libro de ensayos Un Instante de Silencio en el Paredón (Herder, Madrid, 2002):

(…) Hay palabras que ya no podemos pronunciar con la imparcialidad con que tal vez las empleábamos antes. Existen incluso palabras que en apariencia significan lo mismo en todas las lenguas, pero que la gente pronuncia en cada una con otro sentimiento y con otra asociación de ideas. A mi juicio, el acontecimiento más grave y quizá no del todo valorado de nuestro siglo XX es que el lenguaje se contagió de las ideologías y se convirtió en algo sumamente peligroso. Wittgenstein, en sus apuntes publicados bajo el título de “Cultura y valor” señala que en tales casos conviene retirar una u otra expresión de la lengua y “mandarla a limpiar” antes de usarla de nuevo. Paul Celan, en su discurso pronunciado con ocasión de la concesión del Premio Literario Bremen, también constata el fracaso de la lengua: ésta “tuvo que atravesar las miles de oscuridades en el discurso mortífero”. Víctor Klemperer escribió un libro sobre la utilización nacionalsocialista del lenguaje; Georges Orwell creó a su vez un lenguaje totalitario ficticio, el new speak. En todas partes se dice que nuestros conceptos, tal como los empleábamos antaño, ya no poseen validez (…)

Esto es, no podemos poner en tela de juicio el aserto de que las lenguas, como las palabras que las forman, con el paso del tiempo y de sus usos, con el devenir histórico-social y cultural, con el estado psicológico del hablante, etcétera, se encuentran sujetas a la vorágine del cambio, del movimiento y, perpetuamente, deben ajustarse a las nuevas realidades para representar lo que, bajo otras circunstancias, en otras épocas y lugares, no podía ser siquiera concebido o imaginado

El significado y el sentido de las palabras se ha elongado o recortado y, aún más, algunas palabras, conceptos o categorías ya no son útiles bajo la relación semiótica que originalmente poseía y aparecieron, como ya apunté, “nuevas palabras”, neologismos o vocablos para realidades antes inexistentes e impensables.

No cabe duda de que también se mantuvieron los anacronismos discursivos como vestigios de intereses ideológicos y político-económicos, por medio de los cuales se ha pretendido imponer a la amplia mayoría de la sociedad interpretaciones, además de sesgadas, insostenibles, como expresión verosímil de nuestra realidad social actual. Aparecieron progresivamente, con fines —explícitos o no— de confundir, distraer, manipular las conciencias y, desde luego, ocultar, velar, empañar, cubrir, disimular, qué sé yo, la “verdad”; términos que toman un carácter “eufemístico”, ambiguo, disfrazado o perifrástico.

En el Apéndice de su libro 1984, Principios de la nuevalengua, Georges Orwell escribe:

La nuevalengua era el idioma oficial de Oceanía y había sido ideado para hacer frente a las necesidades ideológicas del socing, o socialismo inglés (…) El propósito de la Neolengua no era solo proporcionar un medio de expresión para la cosmovisión y los hábitos mentales propios de los devotos del socing, sino hacer imposibles todos los demás modos de pensamiento. La intención era que, una vez adoptada completamente y olvidado el viejolenguaje, el pensamiento herético fuera literalmente impensable, al menos en la medida en que el pensamiento dependa de las palabras. Su vocabulario estaba construido para dar expresión exacta y a menudo muy sutil a todos los significados que pudiera querer expresar un miembro del partido y, al mismo tiempo, excluir cualquier otro pensamiento y también la posibilidad de llegar a ellos por métodos indirectos. Eso se lograba, en parte, con la invención de palabras nuevas, pero, sobre todo, eliminando las palabras indeseables y despojando las restantes de cualquier significado heterodoxo y, dentro de lo posible, de sus significados secundarios (…) Aparte de la supresión de las palabras claramente heréticas, la reducción del vocabulario se consideraba un fin en sí mismo y no se permitía la supervivencia de ninguna palabra que se considerase prescindible. La nuevalengua estaba pensada no para extender, sino para disminuir el alcance del pensamiento, y dicho propósito se lograba de manera indirecta, reduciendo al mínimo el número de palabras disponibles.

El propio Orwell refiere algunos ejemplos de éstos: “Joycamp”, en lugar de campo de trabajo forzado; “Rectificar”, en vez de falsificar la historia —sería equivalente a “Revisar”—; y “Doblepiensa”, para admitir dos ideas mutuamente excluyentes. Mediática y políticamente, somos testigos de ello desde hace varios decenios.

Ergo: Si por eufemismo comprendemos la sustitución de una palabra o expresión directa, cruda, desagradable o indeseada política o ideológicamente, por otra más suave, edulcorada, indirecta, abstracta o aceptable, no cabe duda de que estamos frente a un proceso de manipulación de las conciencias a través de la nuevalengua y los eufemismos.

Una muestra clara de lo que refiero es la constante utilización y escucha de términos en diversos campos de la actividad humana que, en lugar de mostrar, ocultan, velan o desfiguran. Enunciaré algunos, a guisa de ejemplo: “civilizar”, “crimen organizado”, “terrorismo”, “daños colaterales”, “pobreza extrema”, “sectores sociales o grupos vulnerables”, “Estado de derecho”, “desarrollo y subdesarrollo”, “repatriación de connacionales”, “modernización”, “reingeniería financiera”, “personas de color”, “personas de la diversidad”, “personas con discapacidad”, “personas neuro diversas”, “reajustes de personal”, “Ministerio de Defensa”, “moderar contenidos”, “flexibilidad laboral”, “mercado laboral dinámico”, “ajustes estructurales”, “delitos de bajo o alto impacto”, etcétera.

Bajo otro nivel de análisis, Sigmund Freud nos enrostró, hace ya un siglo de ello, la tesis de que el lenguaje, además de ser el instrumento privilegiado de la comunicación humana, paradójicamente, es un instrumento que vela, oculta, deforma, niega, omite o encubre lo que realmente se es, se siente, se sufre, se desea o indesea; empero, ello ocurre intrapsicológicamente y, sobremanera, de un modo inconsciente de manera tal que dicha realidad queda subsumida dentro de las profundidades de un inconsciente. Es decir, es un fenómeno de naturaleza psicológica, personal o individual.

Sin embargo, tratándose del nivel de análisis que presento aquí, trasciende claramente el carácter personal o individual y, desde luego, psicológico, para catapultarse hacia una expresión histórica, colectiva y, estructuralmente hablando, sociolingüística y sociopolítica de los actos de habla, de la acción comunicativa y del carácter intencional y deliberado de los usos de la lengua, las palabras y expresiones calculadas como instrumentos de “manipulación de las conciencias”, al decir de Hans Magnus Enzensberger.

Ciertamente, debo admitir el hecho de que las palabras, en muchas ocasiones, suelen ser anfibológicas, escurridizas e inaprensibles; en otros casos, también son polisémicas y la interpretación de los sentidos y significados de los discursos se halla condicionada por los contextos de los actos de habla; empero, ello no obsta nuestra responsabilidad de interpretar, con los más actuales recursos políticos, ideológicos, filológicos, semiológicos, históricos y culturales, los discursos y los mensajes que a diario recibimos y que conforman una realidad que algunos psicólogos sociales —tales como Serge S. Moscovici o Denise Jodelet, entre otros más— configuraron, en aras de explicar y comprender psicosocialmente esta cuestión, realidad a la cual denominaron “representaciones sociales”.

Demos, pues, comienzo a nuestras reflexiones, primero, en torno a la categoría de poder.

*

Antes de la aparición de las lenguas habladas, primero, y luego escritas, es insostenible la existencia de la noción de “Poder”. En este sentido, la palabra “Poder”, tan traída y llevada de boca en boca, prácticamente desde la invención de las lenguas —orales y escritas— encuentra su lugar, por ejemplo, en sánscrito, chino, japonés, griego, latín, algunas lenguas arábigas, hebreo y, actualmente, en la amplia variedad de lenguas vivas y, tal vez, existió entre algunas de las lenguas muertas.

No quiero decir que la idea o representación sobre algo realmente existente –el “poder”, o su ejercicio, su posesión, atribución o reconocimiento— haya existido siempre o que hubiese habido una palabra que lo representara o lo refiriera; sin embargo, podemos considerar como muy probable que el ejercicio del “poder” y su reconocimiento o atribución sea tan antiguo como la humanidad misma o, aún más, tan lejano como para suponerlo desde la existencia de las especies gregarias. Tanto las representaciones simbólicas como las palabras que sirven de herramientas para referirse a ello, quizás, surgieron posteriormente al hecho mismo.

Con la invención de los libros y la imprenta, sin duda alguna, su representación lingüística se extendió a lo largo y ancho de nuestro planeta. Ahora mismo, en la era de la internet y las tecnologías electrónicas de la información, halla espacio dentro de la lógica discursiva cotidiana. Verbigracia, podemos ser testigos de la presencia avasalladora de categorías tales como “Poder político”, “Poder económico”, “Poderes fácticos”, “Poder de influencia”, “Poder mediático”, “Poderío militar”, etcétera, que suelen matizar la naturaleza y el carácter de tal “Poder”.

Como recién expresé, a pesar de que probablemente no siempre hubo existido tal término, era necesario para ello, primero, la existencia del lenguaje y las lenguas y, por supuesto, la existencia del “ejercicio del poder”, su reconocimiento o atribución. Es decir, facta non verba; era imprescindible, en principio, la existencia del hecho y luego del concepto, entre los miembros de algunas especies gregarias que en sus actividades cotidianas lo asumían, reconocían, atribuían o ejercían.

Hasta aquí, considero, es imprescindible adelantar una primera suerte de definición, que pueda servirnos de punto de partida. Para lograr tal propósito me serviré de algunos ejemplos.

En el Glosario de Sánscrito, de Marcus de Oliveira Teles, D. Ay (https://docplayer.es/46001470-Glosario-de-sanscrito.html), se dice que: “La palabra Shakti designa toda capacidad, toda habilidad, todo poder: poder de una palabra, poder poético, poder real, poder de un arma o el arma misma (lanza, arpón, espada). Shakti. (“Shakti gatis, Shakti pustis, Shakti shuddhis, Shakti urdanas, Shakti vardhakas”).

Como puede apreciarse, una única palabra que, según sea acompañada de otra que la matiza, refiere literalmente “toda capacidad, toda habilidad, todo poder…”. Es decir que, sinonímicamente visto, el “poder” equivale a “capacidad, habilidad o competencia para…” Es, literalmente dicho, una cualidad que posee, o no, un ser, ontológicamente considerado y que por ello mismo puede ser abordado como objeto de conocimiento. No únicamente un ser vivo o humano, piénsese en la palabra, las herramientas, el conocimiento y, desde luego, la actuación o la acción, la actividad práctica —sea en sentido físico o simbólico—; esto es, por ser una cualidad o un atributo de un ser, esta característica no define al ser en virtud de que otros rasgos pueden ser parte del mismo.

Ahora bien, si el “poder” o su ejercicio es una cualidad o atributo de un ser, sin duda puede ser percibido o atribuido por otros seres percipientes, que “reconocen” o asignan al objeto o ser perceptible o percibido tal cualidad. De la misma manera, pudiera ser el caso de que los sujetos percipientes asuman que tal ser es poseedor del “poder” y que, en consecuencia, sus actos se acomoden a tales atribuciones.

Por otro lado, es claramente reconocible que, a lo largo de todos y cada uno de los libros que conforman la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, la palabra y la idea de poder aparece constantemente en el término Koaj que puede interpretarse como “fortaleza, poder, fuerza, capacidad o aptitud”. Esta palabra se usa en hebreo bíblico, rabínico y moderno con poco cambio de significado. La raíz es incierta en hebreo, aunque el verbo se encuentra en arábigo (wakaha, “derribar” y kwj, “derrotar”). Koaj es un término poético usado con mayor frecuencia en la literatura poética y profética.

El significado básico de koaj es la capacidad de hacer algo. La “fuerza” de Sansón radicaba en su cabellera (Jueces 16:5). Las naciones y los reyes ejercen sus “poderes” (Jos. 17:17; Dan. 8:24). Se puede decir que un campo tiene koaj porque tiene o no “poderes” vitales para producir la cosecha: “Cuando trabajes la tierra, ella no te volverá a dar su fuerza” (Gén. 4:12 RVA: primer caso del término). Se reconoce en el Antiguo Testamento que con comer se adquiere “fuerza” (1 Sam. 28:22), mientras que uno pierde sus “capacidades” cuando ayuna (1 Sam. 28:20): “Se levantó, comió y bebió. Luego, con las fuerzas de aquella comida, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta Horeb, el monte de Dios” (1 Reyes 19:8 RVA).

No parece que haya una diferencia sustancial entre la versión en sánscrito y hebreo bíblico; no cabe duda de que se hace referencia a una “capacidad”, “cualidad”, “aptitud” o rasgo poseído por un ser. Sin embargo, a lo largo de todos los libros que componen la Biblia se percibe una clara distinción entre el: “poder” absoluto, indiscutible, inapelable y eterno como cualidad de un único ser, Dios, a quien no le fue dado u otorgado el “poder”. En realidad, él es el “poder” omnímodo. Mientras que, por otro lado, está el “poder” otorgado a quien lo posee por el ser poderoso que todo lo da, o lo quita.

En este sentido, aquí puede reconocerse que hay dos clases, por así decirlo, de “poder”; por una parte, aquél que es consustancial al ser, que se encuentra dentro de su propia naturaleza, y el otro que es otorgado desde el exterior al propio ser, por ello es apelable, discutible y revocable.

Por el momento no me propongo ir hacia la desmitificación del “poder” absoluto y omnipotente e inapelable; sólo intento, al demarcar estas dos apreciaciones, una idea que fundamenta y justifica las relaciones de dominio/subordinación en una premisa antidialéctica en sentido heraclitano.

Al acudir a las raíces etimológicas grecolatinas del término “poder” nos encontramos con el hecho de que se amplía semánticamente la atribución.

El término “Poder” designa la capacidad o la potestad para hacer algo. La palabra proviene del latín potēre y éste, a su vez, de posse, que significa “ser capaz”. Por ello, puede funcionar como sustantivo o como verbo (…) Como sustantivo, poder puede significar varias cosas: el dominio, imperio, facultad o jurisdicción que tiene alguien para ordenar algo (…) Como verbo, designa el hecho de tener la facultad o la capacidad de hacer algo.

Aquí podemos identificar dos niveles de expresión de un mismo término, los cuales nos permiten acceder a una cualidad que, indefectiblemente, debe acompañarse de otra característica poseída por el mismo ser. Esto es: podemos representarnos aquí el “poder de actuación”, aristotélicamente visto, como “poder de hecho o en acto”, el cual es impensable o irrealizable sin el acto intencional o voluntario; es decir, el “poder de actuación” antecedido por la actitud intencional.

Ahora bien, reconociendo que existe la actitud intencional como condición deseable y necesaria para un “poder de actuación” consciente, no nos es dable asumir que basta con poseer la voluntad o la actitud intencional para tener y ejercer el “poder de actuación”; existen diversas circunstancias que impiden o dificultan el ejercicio del “poder de actuación”, entonces es posible servirse de otro poder que, asumido bajo las ideas de Aristóteles, podría ser el “poder en potencia”, lo que no es pero pudiera ser. A saber: el “poder de influencia”.

Hasta aquí tenemos una representación del significado de la categoría de “poder” como un “hecho” que puede ser percibido, reconocido o atribuido como una cualidad de otro ser, la cual le permite actuar o influir sobre otros seres, de acuerdo con las intenciones o voluntad de quien posee o se le atribuye o asigna el “poder”. Pero, también hasta este momento, parece que es una cualidad —innata o no— de un individuo o es una propiedad individual.

De esta manera debemos, además, precisar que dicha cualidad es, asimismo, un rasgo que puede tenerse por grupos, colectividades o comunidades, como una capacidad de actuación e influencia para todos y cada uno de sus miembros, así como también para otros grupos o colectividades.

Para terminar esta primera aproximación, considero prudente resaltar el hecho de que, también hasta ahora, parece que la noción de “poder” se refiere a una cualidad que se posee o no; un ente que, fuera de nosotros, “se encuentra a la espera de ser poseído o conquistado”, de una vez, por quien, o quienes, lo merezcan. Sin embargo, ello no es así; el “poder” se construye a lo largo del devenir de los individuos o las colectividades que se proponen, más que conquistar, alcanzar o tomar —cualquiera sea su expresión— el “poder”, construirlo y desarrollarlo como una cualidad distintiva de la conciencia personal o colectiva.

Abundando las cavilaciones y dando un giro más a la tuerca de la precisión, no únicamente semiótica de la palabra “poder”, y aproximándonos a los niveles de análisis económico y político o militar me propongo continuar con la exposición de las formas que asume el ejercicio del poder en las relaciones humanas porque, sin duda alguna, tales formas de ejercerlo no son específicamente humanas; encuentran sus antecedentes entre los grupos de especies diversas, animales, a lo largo de la evolución.

Varios estudios de carácter etológico y, más específicamente, primatológico han mostrado convincentemente que el “ejercicio del poder” entre grupos de primates (Frans de Waal, La política de los chimpancés, 2022, Madrid: Alianza Editorial) expresa nítidamente relaciones de dominio/subordinación en las cuales algunos miembros de tales grupos regulan el comportamiento de los otros con respecto a cuestiones de privilegios relacionados con el acceso a los alimentos, a la actividad sexual y a imponer “castigos” o punición hacia los miembros del grupo que no se subordinan o que se insubordinan; también se ha podido observar y documentar el comportamiento de “engaño táctico” para “burlar” la “vigilancia” que instrumentan quienes ejercen el poder dentro del grupo y, más todavía, el ejercicio de una “política de alianzas” entre algunos miembros del grupo para “destituir” a quienes ejercen el dominio y, por así decirlo, “tomar el poder” del grupo mediante estrategias de rebelión violenta.

Bajo cierto nivel de análisis, ello es conveniente resaltarlo, las interpretaciones etológicas orientadas hacia la comprensión y explicación de tales comportamientos, en un sentido de “psicología animal no humana”, precisan de manera muy clara y explícita que más que devenir de “pulsiones” intrínsecas a la naturaleza biológica impresa en la estructura genética de tales especies, dichas prácticas y comportamientos obedecen a condiciones favorecidas por la actividad gregaria y no puede considerarse como una opción satisfactoria que devenga de razones atribuibles a su naturaleza neurobiológica; ello quiere decir que dentro de la dinámica gregaria se favorecen ciertas formas de ejercer el “poder” y, a su vez, actitudes y conductas opuestas al actuar violento o agresivo a la hora de ejercer el “poder” y tales dinámicas particulares permiten regular los inadmisibles —en caso de ser así— impulsos innatos agresivos.

Como podemos apreciar, recuperando la expresión de una canción de Juan Gabriel, “te pareces tanto a mí, que no puedes engañarme”, por ello es tan seductora la analogía que puede conducirnos, en tratándose de nosotros los seres humanos, a la asunción de que tampoco se encuentra impresa esta realidad de las formas que asume el ejercicio del “poder” dentro de nuestra naturaleza neurobiológica, la “naturaleza humana” o, como hubiera escrito el psicoanalista Erich Fromm, en “el corazón del hombre”.

En este sentido, habiendo expuesto un conjunto de premisas de partida para nuestra reflexión, hemos asumido que “el poder” es un hecho que existe y se manifiesta desde antes que hubiesen existido interpretaciones sobre el mismo o términos que lo refieran explícitamente.

Enseguida, se dijo que “el poder” es una cualidad observable y atribuible a ciertos seres que lo “poseen”, mientras que otros no lo tienen ni lo ejercen, por ello se subordinan a quienes disponen de él.

Luego, en virtud de que “el poder” es una capacidad, una habilidad o una competencia para realizar o lograr lo deseado, ésta le es dada —por un ser superior, “deidad” o “demiurgo” o, paradójicamente, por quienes asumen que es irrecusable la posesión del poder y, consecuentemente, aceptan dócilmente la atribución o creencia— y, desde luego, por ello mismo, le puede ser recusada, arrebatada al poseedor y cambiar, como cualidad, de lugar.

Es claro que, bajo el supuesto precedente, “el poder” se torna irremediablemente en ese “oscuro, o claro, objeto del deseo”. Esta expresión implica necesariamente que en tanto cualidad que existe fuera del sujeto de la actividad, debe haber “seres deseantes”, independientemente del grado de consciencia que tengan de ello, que se proponen, que tienen la intención deliberada de que quien —o quienes— detentan “el poder” no dispongan de él o, todavía más, que este “poder” pase a ser parte de sus cualidades. O quitárselo a quien lo tiene o tenerlo uno mismo. Es decir, que ejercer y poseer “el poder” es irrealizable sin la “actitud intencional”.

Antes se expresó que, bajo la lógica que hemos venido presentando, “el poder” puede funcionar como sustantivo o como verbo, como objeto referencial o como acción, como atributo de alguien o como ejercicio de alguien.

Hasta este momento restaría únicamente decir que “el poder” —sea verbo o sustantivo— no sólo es una cualidad que poseen algunas personas o individuos; asimismo, es necesario reconocer que éste puede ser colectivo o de grupo —trátese de clases o sectores sociales, géneros o especies—.

Hasta aquí parece que se sintetiza un nivel de análisis que sustenta las bases de una interpretación del “poder” y su ejercicio; ahora bien, debemos señalar que las formas que asume en las relaciones sociales de producción y reproducción de las condiciones materiales, ideales y culturales de existencia se expresa como maneras de materializarse en ambos niveles de expresión —sustantiva o verbal—; refiramos ahora, a guisa de ejemplares, el “poder político” y el “poder económico”; sin duda, desde los orígenes de estas formas de “poder”, se hallan imbricados de modo tal que el uno sin el otro son irrealizables, el primero, hasta nuestros días, se ha subordinado al segundo, de esta manera, el primero ha diseñado, confeccionado e instrumentado otra forma de poder que se materializó como “poder jurídico” o legislativo que permite el ejercicio de otra forma de “poder” definida como el “poder judicial” o “policial y militar” que favorecen el uso de la “violencia institucional” coercitiva, represiva y punitiva para asegurar la persistencia en el tiempo de las relaciones de dominio/subordinación y del sostenimiento de la condiciones económicas, políticas y jurídicas que favorecen a quienes detentan tales poderes.

Esta tetrápode es la base fundamental del sostenimiento del capitalismo como Modo de Producción, en todas sus fases, pero no únicamente de éste, desde el esclavismo, pasando por el feudalismo e incluyendo el así denominado Modo Asiático de Producción, o los modelos de desarrollo prehispánicos, parece ser la base que les sostiene.

No puedo omitir aquí uno que atraviesa la historia de nuestra humanidad y que ahora se encuentra en tela de juicio debido a su progresiva visibilización y las funestas consecuencias que ha acarreado y acarrea para más de la mitad de la población que compone nuestra especie humana; refiero el “poder patriarcal” que se decanta en las diversas formas de un “machismo” excluyente y segregacionista del género femenino —léase las mujeres— que ahora lucha clara y decididamente, mediante diversa expresiones de feminismo militante, en aras de acabar con esta suerte de “poder”. De la misma manera podemos incluir aquí el “poder religioso” que bajo su lógica excluye y sojuzga a quienes pertenecen a los grupos de mujeres —acepten o no tales costumbres— bajo supuestos de fe o creencia en las formas de “poder teocrático” que gobierna ciertas regiones de nuestro planeta. Asimismo, bajo el supuesto de algunos “usos y costumbres” comunitarios se ejercen acciones de exclusión, sometimiento, represión o cosificación de las mujeres pertenecientes a dichas comunidades.

Esta forma de ejercer el poder, junto con las precedentes, debiera ser eliminada de nuestra existencia dado que no puede ser reducida a la tetrápode inicial y tiende a configurar una representación pentagonal del “ejercicio del poder”.

Pudiéramos adicionar ciertas formas del “ejercicio del poder” que se expresan mediante el imperialismo, el racismo, el apartheid o el sionismo, empero ello haría más extenso este ensayo y no haría más que ejemplificar la base esencial que muestro a través de la imagen pentagonal de las formas que adquiere el “ejercicio del poder”.

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Toca ahora tratar la cuestión relativa a la autorización del incremento al costo del pasaje del transporte público en Morelos (conocido como “Rutas”) a cambio de una promesa de “modernizar” el servicio.

Mas acá de su inserción en los procesos de una “lucha de poder” entre (A) los concesionarios del derecho a prestar el servicio de transporte público en el estado y de recibir la autorización del incremento al costo del pasaje y (B) el gobierno del estado para “autorizar” o no tal incremento, además de concesionar el servicio, a cambio de la promesa de “modernizar” el servicio del transporte.

Pero, como supongo habrá pensado Jack “El Destripador”: “Vámonos por partes”.

Para comenzar, asumamos que los términos “moderno”, “modernidad” y “modernización” tienen raíces etimológicas comunes en el latín, pero se desarrollaron conceptualmente en contextos históricos y disciplinares distintos, especialmente en la sociología, la historia y la filosofía, entre otras aproximaciones.

El adjetivo “moderno” proviene del latín tardío modernus (siglo V d.C.), derivado del adverbio modo (“hace un momento”, “ahora”, “recientemente”). El sufijo –ernus indica pertenencia o cualidad, como en hodiernus (“de hoy”). En este sentido modernus se usó inicialmente para distinguir la era cristiana (del Imperio Romano tardío) de la pagana antigua. Casiodoro (siglo VI) lo empleó regularmente para referirse a su propia época.

En la Baja Edad Media y el Renacimiento (siglos XIV-XV), se popularizó para designar lo “actual” o “reciente”, en contraste con lo “antiguo”. La “Edad Moderna” se asoció históricamente a partir de 1492.

Modernidad” aparece en los siglos XVII-XVIII como sustantivo abstracto; es decir, algo que se encuentra más allá de lo sensible o perceptible, y que denota la cualidad de lo moderno o la era actual (Sic).

Modernización”, consecuentemente, es un término más tardío, derivado de “modernizar” (hacer moderno). Se popularizó en el siglo XX en ciencias sociales como un proceso activo de transformación.

Si hasta aquí parece que la relación entre “moderno”, “Modernidad”, “modernización” o “modernizar” tienen una lógica historiográfica en su aparición, no tiene tal secuencia en sentido semiótico, sociolingüístico o comunicacional. El término “modernización”, derivado de la acción de “modernizar”, deja de ser adjetivo o sustantivo y se torna en un concepto de carácter verbal, sobremanera en los ámbitos económico y político y, por supuesto, mediático.

Si nos aproximamos a través de algunas definiciones de diccionario, podemos leer: “La modernización es la ‘acción y efecto de modernizar’; es decir, ‘actualizar’, renovar o innovar algo para adaptarlo a los tiempos actuales” (¡Zaz!) (RAE). “Se refiere al proceso socioeconómico de industrialización y tecnificación. Se trata de la transición de una sociedad ‘premoderna’ o tradicional hacia una ‘moderna’, con énfasis en variables como la educación escolarizada, la industrialización, la urbanización y el desarrollo económico, que suelen ir acompañados de cambios políticos hacia democracias más liberales” (Wikipedia). “La modernización es un proceso que es: revolucionario, complejo, sistémico y global” (¡Zaz!) (Samuel Huntington). “La modernización es un proceso de ‘actualización’ de sistemas, procesos, estructuras para aumentar eficiencia, competitividad y transparencia” (Contextos empresariales).

Bajo el manto de esta suerte de definiciones veremos que se requiere algo más que estos atisbos, veamos tres niveles de análisis.

¿Qué debemos entender tras el término “Modernización”?

“En principio, se trata de pasar de un modelo fragmentado de rutas individuales (concesiones pequeñas, unidades antiguas) a un sistema multimodal eficiente, con alta calidad, bajo impacto ambiental y centrado en el usuario”. (¿?)

¿Cómo se logrará esto?

Los elementos necesarios para tener éxito y alcanzar esta meta son: (1) Renovación de la flota vehicular —reemplazo gradual de unidades antiguas por buses modernos: eléctricos, híbridos o a gas natural, seguir estándares obligatorios: aire acondicionado, Wi-Fi, rampas o piso bajo para accesibilidad, cámaras de seguridad y sistemas de monitoreo—; (2) Infraestructura y operación —implementar corredores BRT (Bus Rapid Transit) en avenidas principales de Cuernavaca con carriles exclusivos, paradas seguras y prioridad semafórica, disponer de terminales y paraderos integrados con estaciones de recarga, seguridad y conexión multimodal, optimización de rutas: reducir duplicidades mediante análisis de datos y reorganizar en “cuencas” o “ruta-empresa” (modelo más profesional que el actual de concesiones individuales)—; (3) Tecnología y digitalización —disponer de una APP móvil única: Rutas en tiempo real (GPS), horarios, alertas, pago digital (tarjeta/contactless o QR) y quejas, sistema de prepago integrado para reducir evasión y mejorar flujo, Big Data + IA para optimizar rutas, predecir demanda y reducir tiempos de espera y monitoreo en tiempo real por parte de la autoridad (centro de control)—; (4) Sostenibilidad y medio ambiente —transición a cero emisiones netas a mediano plazo (2030-2035): priorizar eléctricos recargados con energías renovables, medidas complementarias: arborización de corredores, techos verdes en paraderos y capacitación en conducción eficiente—; (5) Inclusión, seguridad y calidad en el servicio —subsidios o gratuidad permanente para grupos vulnerables, capacitación y certificación de operadores (seguridad, atención al cliente, primeros auxilios), protocolos contra acoso, violencia y maltrato y diseño universal: accesibilidad total para discapacitados (SIC), adultos mayores y madres con carriolas—; y (6) Gobernanza y financiamiento —fortalecer la Comisión de Modernización ya creada: incluir ciudadanos, academia y expertos, favorecer un  modelo mixto: concesiones modernizadas, con posible operación pública-privada en corredores principales y fuentes de financiamiento: aumento tarifario responsable y subsidios federales, créditos verdes, publicidad en unidades y APP.

Es decir, que si se asegura el cumplimiento de estos rubros con harta seguridad “pasaremos de un ‘modelo fragmentado de rutas individuales’ (concesiones pequeñas, unidades antiguas) a un ‘sistema multimodal eficiente, con alta calidad, bajo impacto ambiental y centrado en el usuario’”. Y, ¡vaya, vaya!, según dice el mismo documento oficial, el financiamiento devendrá del “aumento tarifario responsable y subsidios federales, créditos verdes, publicidad en unidades y APP” (¡ZAZ!).

Ya ni hablar de los tiempos para ello; Corto plazo (2026-2027) — Consolidar las 50 nuevas unidades, expandir piloto eléctrico, lanzar APP y sistema de pago digital, mejorar paraderos; Mediano plazo (2027-2030) — Corredores BRT prioritarios, migración masiva a flota limpia, integración multimodal. Largo plazo (2030) — Sistema de alta capacidad (posible tren ligero o cablebús en zonas montañosas), operación 100% sostenible.

E insisto, no se muestra qué le corresponde a quién ni cómo el “aumento tarifario responsable” propiciará las condiciones favorables para ello.

Dicho de otra manera, la correlación entre la autorización del incremento del costo del transporte público para los ciudadanos y todo este galimatías que hube descrito no me dejan duda alguna sobre la naturaleza eufemística del término “modernización” en la información que según quienes dicen gobernar el estado justifica esta decisión.