J. Enrique Alvarez Alcántara
18 de marzo del 2025

Presentación. No sería razonable dudar de que actualmente somos presas de los atracones de “información”, “análisis”, “opiniones”, “juicios”, “creencias”, “interpretaciones” y algunos anatemas que, siendo mutuamente excluyentes, se nos presentan como “modelos explicativos y comprensivos” o verosímiles de un conjunto de eventos que acontecen o acaecen en nuestra realidad actual, y que son propalados o esparcidos en el espacio mediático a través de las famosas “redes sociales”; ahora que todos los participantes en este galimatías comprensivo o explicativo de cuanto acontece en nuestro universo se desgarran las vestiduras por imponer, al menos ese es su deseo, sus narrativas como “explicaciones” verdaderas y únicas de tales sucesos, trátese de los que se trate; en esta era y lugar, cuando los “opinólogos” extraen sus “conclusiones” e “interpretaciones” de las profundidades de sus cerebros o de las alturas de los espíritus que creen ellos que les guían o hablan y tratan de mostrárnoslas como la verdad última, y que en realidad no dejan de ser mensajes ideológicos con los que pretenden manipular nuestro pensamiento y conciencia; pero todavía más, también aquí y ahora –hic et nunc—, en el preciso momento en el cual los mismos “opinólogos” y vividores de la palabra, cual si fuesen pitonisas, augures, adivinos, prestidigitadores de la palabra, qué sé yo, nos anuncian, cual si fuesen el Elías del siglo XXI, sus profecías como destino inexorable, considero que es necesario detenernos, respirar un poco, contar hasta el número que sea necesario, meditar y reflexionar críticamente sobre estos acontecimientos y las narraciones que intentan acotarlos. En esta precisa y exacta hora, la hora de México, considero imprescindible deslindar “lo real” de los “modelos comprensivos o explicativos” que pretenden imponerse como la imagen fidedigna, verdadera e indiscutible de la realidad que se proponen “comprender y explicar”.
No cabe duda de que el conjunto de eventos observables y observados y que, sin dudarlo un instante, son los hechos reales, son transmutados por el propósito aprehensivo de los seres humanos, a su vez, en objetos de interpretación por parte de los sujetos de la actividad interpretativa, quienes al disponer de una serie de representaciones de lo real organizadas en narraciones o interpretaciones, las arrojan a los cuatro vientos como la verdad sobre “lo real”. Importa aquí destacar que estas narraciones o interpretaciones han sido confeccionadas con base en los espejuelos ideológicos y los intereses políticos de quienes emiten tales “opiniones”, “juicios” o “creencias”, más allá de los fundamentos teóricos o metodológicos que exhiban como sustento de sus proposiciones; por ello es necesario pasar por el tamiz del análisis y la reflexión crítica tales supuestos y enunciaciones para no confundir “lo real” con los “modelos comprensivos o explicativos” o, aún más grave, reducir “lo real” a los “modelos comprensivos o explicativos”
Para mostrar lo que me propongo dilucidar en este breve ensayo, en principio, debo explicitar los elementos de juicio que subyacen a esta reflexión compartida pues de otro modo no dejaría de ser una interpretación más sin fundamento alguno.
Premisas. Desde que la lingüística estructural nace, de la mano de Ferdinand de Saussure, queda muy clara la descripción y definición de Signo Lingüístico como la unidad mínima que compone la competencia comunicativa entre los humanos. Signo Lingüístico, a su vez, se compone de dos elementos básicos, a saber: El significante y el significado. Es decir, que la unidad mínima pudiera ser reconocida como la palabra. Cada palabra posee una estructura física, material (el significante) y un contenido psicológico (el significado). Como puede comprenderse, la palabra tiene una función referencial, representa algo que se encuentra fuera de la palabra misma. Sin embargo, el proceso de la comunicación (sea oral, escrita o signada por cualquier otro sistema de signos) no consiste en hilar palabra tras palabra, uniendo secuencialmente cada una de éstas por su significado con las próximas. Este proceso requiere, por lo menos, la relación entre dos clase de palabras, aquéllas que se refieren a lo real, es decir, los sustantivos (propios o comunes) que representan diversos objetos o segmentos de lo real, y los verbos que destacan acciones; esto es, las oraciones o proposiciones son en realidad las unidades del proceso de comunicación.
También Saussure diferencia nítidamente la palabra de la lengua. La primera se relaciona estrechamente con la competencia que poseen los seres para hablar (le llamaremos competencia lingüística, que es individual o personal) y, la segunda, se halla fuera del sujeto y es universal o colectiva; es, en esencia, el idioma. En otros modelos explicativos en teoría de la comunicación se le denomina código.
Pues bien, toda acción comunicativa trasciende, sin duda alguna, a la competencia lingüística. Y, naturalmente, el objeto de análisis de la acción comunicativa, no es la palabra, sino el discurso. Palabra y discurso no son lo mismo. Los hechos no hablan. Los hablantes son quienes, a través del discurso, comparten sus ideas, supuestos, creencias, qué sé yo, a sus destinatarios para tratar de “convencerlos” o imponerles sus interpretaciones como “modelos verosímiles” y explicativos de los segmentos de lo real.
Vale la pena también diferenciar los propósitos o fines de la interpretación de los hechos mediante procesos de razonamiento. Si el objeto de la interpretación se dirige hacia el sujeto mismo que interpreta no tiene la finalidad de la comunicación y queda sólo la posibilidad de que buscaría, en caso de ser así, comprender lo que observa. No es, en este caso una acción comunicativa, sino una acción reflexiva y analítica. El sujeto de la actividad reflexiva y analítica es el sí mismo. Ahora bien, si el objeto de la acción reflexiva y analítica busca, además de la comprensión, la explicación de los porqué de esos sucesos, se proponga o no comunicarlos mediante un discurso a otros que no son él mismo, estamos refiriendo un fenómeno de naturaleza explicativa. Ello conduce imperceptiblemente a dos cuestiones, la primera, interpretar, comprender y explicar no son lo mismo; los procesos de interpretación son personales, se orienten o no hacia la acción comunicativa, asimismo, los procesos de comprensión y explicación tampoco son equivalentes, sin embargo, comprender y explicar no son mutuamente excluyentes, son complementarios. Comprender no implica necesariamente explicar ni demanda estar de acuerdo con lo que sucede, es de naturaleza psicológica y no explicativa. Lo que sucede, es; no implica criterio de verdad. Sin embargo, explicar busca deliberadamente hallar relaciones de causalidad probabilísticas en los hechos. Lo que sucede no predica –no dice— ni significa nada, per se. Es el sujeto de la acción interpretativa el que se propone comprender, explicar o comunicar lo que resulte de su acción reflexiva y analítica.
A pesar de que resulta ser un lugar común referir un motivocuasi catártico para la acción comunicativa; es decir, un no motivo, o un inconsciente deseo de descarga y expresión, sin más ni más y sin el deseo de pedir nada a cambio, quien emite un mensaje pretenderá siempre que al acto emisor suceda un acto de “lectura” o de interpretación del discurso. Es decir, que siempre se demanda –sin solicitarse explícitamente— que a la tarea de la emisión del discurso le suceda el acto de “leer”, interpretar, comprender y compartir.
A toda acción comunicativa subyace una intención comunicativa múltiple y compleja. Primero, el propósito deliberado de la acción comunicativa requiere, además del acto mismo de comunicar, decir algo sobre algo, sin perder la finalidad del pensamiento; este asunto no es otro que el contenido del acto comunicativo. Uno desea comunicar y quiere comunicar sobre algo. La intención comunicativa contiene al acto mismo y a su contenido, mellizos inseparables de la acción comunicativa. Empero, acto y contenido no agotan la intención o el deseo, asimismo uno pretende decir algo sobre tal asunto para alguien y no para otros. Digo o comunico algo, sobre algo, para que los destinatarios compartan mis ideas, estén o no de acuerdo con ellas. Acto, contenido y destinatarios son la trípode de la intención comunicativa subyacente al acto comunicativo. Por otro lado, para complejizar aún más esta cuestión –que no complicarla—, y para mostrar una tetrápode, refiero aquí que acto, contenido y destinatarios no agotan el punto, faltaría todavía la forma o el estilo con el cual uno desea comunicar. En fin, acto, contenido, destinatarios y forma o estilo, exigen capacidades de semidioses helénicos y son la estructura que se muestra en los discursos.
Con fundamento en las ideas expresadas en la presentación y la exposición de premisas de este breve texto, me es posible afirmar que la acción comunicativa mediante los discursos no puede reducirse ni a un proceso de transmisión de información de un emisor a un receptor y viceversa, como tampoco puede comprenderse como un proceso que inexorablemente depende del acto de habla, fonéticamente estructurado y, sin embargo, sí podemos sustentar la tesis de que la comunicación depende de la presencia tetrapódica de contenidos, destinatarios, formatos o estilos, intención comunicativa y, naturalmente, la acción comunicativa misma que los sujetos de la actividad materializan en un contexto sociocultural e histórico dados.
A partir de aquí expondré cinco tesis sobre los actos de comprender, interpretar o explicar.
- Si el objeto de nuestra actividad interpretativa y reflexiva es el conjunto de discursos que se propagan como “verdades” e “intenciones comunicativas” de los hechos sucedidos a lo largo y ancho del planeta y en dimensiones temporales acotadas, nos encontramos ante asertos que deben ser contrastados con lo real y valorados críticamente porque “los hechos no hablan”, ni comunican, ni significan absolutamente nada. Los hechos son, o debieran ser, el objeto de la actividad interpretativa y reflexiva, además de las interpretaciones de lo real y las narraciones que se nos proponen al respecto.
- Si el objeto de nuestra actividad interpretativa y reflexiva es el conjunto de discursos que se proponen atribuir a un segmento minúsculo –sea falso o verdadero—de lo real, excluyendo deliberadamente los otros elementos componentes del sistema complejo de lo real nos hallamos ante un “discurso justificacionista” que elude la comprensión y explicación de lo real lo real y que, además, se propone atribuir fuera de lo real mismo una supuesta causalidad o justificar un conjunto de acciones.
- Si el objeto de nuestra actividad interpretativa y reflexiva es el conjunto de discursos que no se aproximan verosímil y creíblemente a la explicación causal y a la comprensión de lo sucedido en lo real, sin dubitar, estamos frente a interpretaciones que deben extenderse más allá del discurso mismo.
- Si el objeto de nuestra actividad interpretativa y reflexiva no considera las intenciones de quienes realizan la actividad discursiva estaremos atrapados en discursos de naturaleza ideológica que no nos permitirán comprender o explicar lo sucedido.
- Si los discursos que interpretamos atribuyen intenciones a quienes participan como actores de los diversos acontecimientos actuales, e inventan mensajes o significados de tales eventos, estamos frente a prestidigitadores de la palabra que se proponen manipular nuestra consciencia y nuestro pensamiento.
