Historia de Vida de una Mujer Mexicana.
J. Enrique Alvarez Alcántara
“Se va la vida, al agujero/ como la mugre en el lavadero”
Mujer. León Chávez Texeiro
A la memoria de Rosa María Alvarez A.
09 de mayo del 2025

Narrador.
Desde pequeños, ella y su hermano –pues sus otras dos hermanas hubieron muerto, una de neumonía y, la otra, según contó su madre, de “algodoncillo” y difteria—, estaban bajo el cuidado de su madre y de su padre. Ellos trabajaban en una casa de personajes pudientes –económica, política y culturalmente—, él era jardinero y ella cocinera en dicha casa, en la hoy Ciudad de México; ambos, sus padres, eran de regiones campesinas en el Estado de México; analfabetos y emigrados desde sus lugares de origen en busca de mejores condiciones de vida; no tenían más hogar que sus cuartos de criada y jardinero en la mansión donde trabajaban y, naturalmente, sus sueños signados por un deseo irrefrenable de salir de la miseria.
Por su parte ella, la primogénita, nacida en el año de 1955, era rubia y, según pensaban y expresaban los patrones de sus padres, sumamente hermosa.
En ese tiempo, se refiere aquí a la década que abarca el periodo de 1950 a 1960, la vida de la ciudad transcurría como narraba elegantemente José Emilio Pacheco en su libro Batallas en el Desierto, por ejemplo: “Ya había supermercados pero no televisión, radio tan sólo: Las aventuras de Carlos Lacroix, Tarzán, El Llanero Solitario, La Legión de los Madrugadores, Los Niños Catedráticos, Leyendas de las calles de México, Panseco, El Doctor I. Q., La Doctora Corazón desde su Clínica de Almas. Paco Malgesto narraba las corridas de toros, Carlos Albert era el cronista de futbol, el Mago Septién trasmitía el beisbol. Circulaban los primeros coches producidos después de la guerra: Packard, Cadillac, Buick, Chrysler, Mercury, Hudson, Pontiac, Dodge, Plymouth, De Soto. Íbamos a ver películas de Errol Flynn y Tyrone Power, a matinés con una serie de episodios completa: La invasión de Mongo era mi predilecta. Estaban de moda Sin ti, La rondalla, La burrita, La Múcura, Amorcito Corazón. Volvía a sonar en todas partes un antiguo bolero puertorriqueño: Por alto esté el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo, no habrá una barrera en el mundo que mi amor profundo no rompa por ti.
Fue el año de la poliomielitis: escuelas llenas de niños con aparatos ortopédicos; de la fiebre aftosa: en todo el país fusilaban por decenas de miles reses enfermas; de las inundaciones: el centro de la ciudad se convertía otra vez en laguna, la gente iba por las calles en lancha. Dicen que con la próxima tormenta estallaría el canal del desagüe y anegaría la capital. Qué importa, contestaba mi hermano, si bajo el régimen de Miguel Alemán ya vivimos hundidos en la mierda”.
Era, también, la era en la cual surgía el Estado de Israel y se informaba sobre la “Guerra Árabe-Israelí –debido a ese hecho puede inferirse la elección del título del libro citado y también se vivía la caliente “Guerra fría”. También fue el decenio que se marcó por la muerte del actor y cantante Pedro Infante; por el famoso “Terremoto del 57” –que tiró de su pedestal al no menos célebre “Ángel de la Independencia”—, de la presencia de los tranvías, los “Cocodrilos” y las “Cotorras”, las “Vitrinas” y los “Tamarindos” –léase, el transporte público, los taxis y los agentes de tránsito—; se escuchaban radionovelas tales como “El Ojo de Vidrio” y “Chucho el Roto”, entre otras más, y la “Hora de México”. Era, igualmente, casi el remate de la “Época de Oro” del cine hecho en México e iniciaba el “Rock en Español”, por no narrar más.
En este mismo periodo, su hermano, dos años y medio menor que ella, con medio año de nacido, fue presa de las dos calamidades de la época: Polio y Sarampión, motivo por el cual, el siguiente año lo pasó oscilando, de un lado a otro, cual si fuese un péndulo de reloj de pared clásico adherido al muro de la casa de los patrones de sus padres, entre la vida y la muerte, sin que ellos supieran o pudieran inferir la causa de ello; así transcurrieron los tres primeros años de sus vidas, años de los cuales, con mucha seguridad, no recordaban ella ni él, los hermanos.
Bajo esas circunstancias, los patrones de sus padres les “sugirieron”, con la promesa de que en el caso del niño les ayudarían a busca un internado para su atención y cuidados, en tratándose de la niña, ellos querían quedársela asumiendo el compromiso de que la cuidarían y querrían como si fuese su propia hija. Sus padres, a pesar de las condiciones de pobreza e ignorancia que afrontaban, aceptaron únicamente el apoyo para que el niño fuese internado, pero no estuvieron de acuerdo con dejarles a la niña. Fue de este modo que durante los años que van de 1960 a 1970 el niño permaneció internado en un centro de recuperación infantil bajo el cuidado de religiosas de la caridad en el entonces Distrito Federal, hoy Ciudad de México, y ella quedó a cargo de sus padres.
De esta manera los hermanos fueron separados y llevaron formas de vida muy distintas y bajo condiciones diferentes; esta situación determinó que a lo largo de esta primera etapa de sus vidas, crecieran siendo hermanos consanguíneos pero con formas de desarrollo y vivencias que los distanciaron de uno u otro modo.
Narrador.
Ella, para el año de 1960 habrá tenido cinco años y el niño tres.
Entre los años de 1960 y 1970, hubieron nacido otros cinco hermanos más, cuatro de ellos varones, con una diferencia de edad de dos años entre cada uno de ellos. Asimismo, otros dos embarazos que no concluyeron resultaron en ser “abortos espontáneos” y, otra niña, la quinta, muy pronto murió de difteria. Es decir, de siete embarazos que tuvo su madre, ese decenio, sólo cuatro se “lograron”.
El último de los cinco nacidos durante la trágica década de 1960-1970, llegó a este mundo terrenal en el mes de febrero del año de 1968, tuvo como pronóstico indubitable para el cuerpo médico del hospital donde nació, la muerte inminente a las pocas horas del parto o, cuando más, a los pocos días de su vida extrauterina. Sin embargo, atisbando una posibilidad de sobrevida a tal pronóstico, también con una certidumbre a toda prueba, los médicos vaticinaron que ese menor “nunca caminaría, ni hablaría ni, mucho menos, aprendería algo”. Lisa y llanamente, sentenciaron: “será algo así como una especie de vegetal”.
De esta manera, la década que estuvo internado el niño en tal Centro de Recuperación Infantil, su familia se componía de seis elementos, primero, y luego de siete miembros —padre, madre, cuatro hermanos y ella—.
Ese tiempo, a salto de mata, vivieron o, mejor dicho, sobrevivieron como pudieron, en condiciones de pobreza extrema, en las colonias Tacubaya y, después, El Olivar del Conde y, finalmente, se instalaron en la colonia Escandón, en la Ciudad de México.
Cuando egresó el niño por haber sido “dado de alta” del internado, su familia tenía su domicilio en la colonia El Olivar del Conde y pasó, de manera inmediata, de siete a ocho elementos.
Durante esos dos lustros que abarcan la década referida antes, su padre trabajaba de lo que pudiera aportar ingresos económicos, de “mil usos” (obrero, limpia caños, jardinero, en fin) mientras su madre trabajaba lavando ropa y haciendo quehaceres en casas ajenas; ella, por ser la mayor, jugaba el rol de madre sustituta y era la encargada del cuidado y atención de sus hermanos menores y del “hombre de la casa”. Además de tales labores domésticas debía ir a la escuela primaria que concluyó sin aspavientos, en la misma colonia. Este periodo fue el que transcurrió de los cinco a los quince años de ella.
A pesar de que cada vez que una niña cumplía quince años de edad era festejada con la famosa “fiesta de quince años”, anhelada en muchos sentidos por las niñas, su familia no tiene recuerdo alguno de tal suceso porque la pobreza era tal que, al parecer, no podía darse tal lujo.
Un poco antes había ingresado al nivel educativo de secundaria, sin embargo nunca concluyó dicho nivel escolar.
Atender y asear la casa, preparar alimentos, cuidar hermanos e ir a la escuela pública, soñar y fantasear con otra forma de vida, mientras los hermanos menores jugaban, comían lo que se podía y había, e iban a la escuela, eso fue lo que a ella le ofreció la vida esa temporada.
De 1968 a 1975, por otra parte, su madre, siendo la cuidadora primaria del hermano menor, quien tenía un pronóstico de vida vegetativa, se encargaba de llevar a éste a sesiones de fisioterapia y estimulación temprana en un Centro de Atención Psicopedagógica de Educación Preescolar (CAPEP). Mientras tanto, ella, seguía con el rol de madre sustituta y cargando un costal de sueños y fantasías sobre su espalda.
Narrador.
La década de 1970 a 1980 discurrió con el ingreso de una hermana más y, al final de este periodo y el comienzo del otro, un hermano, todavía más. Este suceso estuvo también signado por la pobreza.
La Colonia El Olivar del Conde y sus alrededores era un lugar de marginación y pobreza, ahora tasada como “extrema”. No existía todavía la colonia Colinas del Sur. El Olivar del Conde se asentaba sobre minas de arena y las barrancas y ríos provenientes de la Cuenca de Tarango; la población que habitaba en esa época tales asentamientos diseñaba casas de cartón, lámina y deshechos que contaminaban la zona. El consumo de marihuana e inhalables estaba a la orden del día. Las estrategias de sobrevivencia que instrumentaba la población incluían el robo a transeúntes y a pequeños comercios. La violencia doméstica o callejera eran parte de la vida cotidiana. Aún persiste en la memoria el recuerdo de la persecución y asesinato de “El Rutas”, personaje conocido en la misma colonia en ese entonces.
Las otras colonias colindantes, Alfonso XIII, Piloto y Presidentes eran muy similares. Un mercado, una iglesia, una o dos escuelas primarias, otra secundaria, billares y, no podían faltar, cantinas y pulquerías. “La Jicarita” y “La Reina del Riel”, ampliamente conocidas en el rumbo, lo mismo que los billares, eran los centros de reunión y recreación cuando no se estaba en la escuela. Cual más era jugador de carambola y pool, además de concentrarse alrededor de las cantinas y pulquerías o jugar unas “cascaritas” de fútbol callejero. También había un molino de masa de maíz para hacer tortillas y, a su lado, la tortillería, entre algunas misceláneas o tiendas populares. Ese era el pequeño mundo que vivenciaban, ademán de ir a las escuelas, primaria y secundaria.
En la calle donde se encontraba la casa que habitaban, José Camarillo, se hallaba el molino de un tal Jorge, “el Pitirijas”, una tortillería, también de Jorge, dos misceláneas y una pulquería, la “Reina del Riel”.
Los grandes personajes de la misma colonia y calle eran, entre otros, el “Vikingo”, el “Cura”, el “Gato”, hermano del “Cura”, el “Mambo”, el “Tare”, el “Tatato”, el “Siete”, el “Mabe”, propietario de la carnicería “La vencedora” en el mercado de la colonia y, el “Clarence”. Además estaban Jorge y el dueño de la miscelánea más importante de la calle y su esposa, “Doña Tere” como importantes seres. Este era el entorno que ella tenía, además de la escuela y la casa, para proyectar su vida.
Decían, según recuerda su hermano, que el “Cura” quería andar, o que anduvo de novio con ella. Empero, fuera como fuese, en ese mismo tiempo conoció a quien se hiciera su novio y, muy pronto, su esposo cuando aún no cumplía 17 años. No había terminado, ni terminó, sus estudios de secundaria; tampoco él. Sin embargo, sin trabajo, sin estudios, sin recursos se enfrentaron, ella y él, a las diversas condiciones adversas con la responsabilidad y las tareas necesarias para construir una nueva familia. Ese suceso fue su puerta de escape a la vida que llevaba y a los infaustos e imborrables recuerdos, para el resto de sus días, que la atormentarían el resto de su existencia, de un abuso sexual colectivo.
Se casaron por “la iglesia” católica en ese tiempo, siendo aún muy jóvenes y casi de inmediato, pues probablemente ya estaba embarazada, se hicieron padres de una niña que nació un “Domingo de Ramos”, luego, muy pronto, nació otra hija y luego un muchacho para, finalmente, tener una cuarta hija.
Todo ese tiempo, como pudieron, en la pobreza extrema, trabajando él de “mil usos” y ella, siendo ama de casa, sin morir ninguno en el intento, habitaban en colonias sumamente abandonadas, sin servicios públicos —agua, energía eléctrica, drenaje, etcétera— estables y constantes. Él y ella, además solían beber en exceso elíxires alcohólicos y cerveza, más no se sabe, ni se tiene la certeza de que fuera una especie de analgésico de los dolorosos traumas de su pasado.
Fueron sus hijos creciendo en ambientes de violencia y delincuencia juvenil, consumo de drogas y bebidas alcohólicas, pero curiosamente no fueron ellos adictos a ninguna de estas actividades. Fueron hasta donde “se pudo” a las escuelas primaria y secundaria y sin haber concluido tales niveles escolares, las tres mujeres se hicieron madres también y, súbitamente ella se hizo abuela y más tarde bisabuela.
Aún lo recuerdan muy claramente su hermano, su cuñada y su sobrino, cuando una ocasión fueron a visitarla para saber cómo estaba y con la intención adicional de invitarla a almorzar; cuando llegaron, como suele hacerse, llamaron a la puerta, tardó algunos minutos en despertar y salir a abrir y recibirlos; de pronto, cuando abrió la puerta, al verlos sólo atinó a decir, con un aliento a bebidas alcohólicas, desorientada, despeinada y decepcionada:
Qué desgraciada soy, estoy tan miserable que anoche, después de haber tomado unas cubas, desesperada, me encerré con mis hijos —en ese entonces dos, pues las mayores ya no vivían con ella—, abrí las llaves del gas y esperé toda la noche para morirnos. Pero ¡qué creen! Se terminó el gas de los tanques y ni para morir tuve dinero y echó a llorar, con una cruda —moral, emocional y alcohólica—, rematando, esta pobreza que no deja vivir o morir como uno quiere.
Entonces le dijeron a su hijo quienes iban de visita: “ve a comprar unas cervezas y un kilo de barbacoa” y enseguida almorzaron y le dejaron un poco de dinero para que siguiera sobreviviendo, no sin antes decirle: “no hagas ese tipo de estupideces, si deseas morir hazlo, pero no con tus hijos”. Su sobrino simplemente dijo: “no vuelvo a visitar a mi tía”
Narrador.
Siguieron su curso sus vidas para que a la vuelta de los años, en plena “era de la peste”, viviendo prácticamente solos ellos dos, sin haberse vacunado, su marido se contagió de COVID y fue ingresado con neumonía al hospital y una semana más tarde, murió, como tantos otros, en el aislamiento absoluto. Ella fue a vivir con una de sus hijas donde su vida transcurrió bajo su cuidado. El año del 2024, finalmente, abatida, deshecha, sin aspiración alguna, murió en la cama de un hospital y, más dramático aún, sin haber gozado de una buena calidad de vida y sin bienestar.
