Saudade. Recensión del libro

Las palabras de la Bestia Hermosa.

Guillermo Lahera

(Debate, 2024. España).

Deseo comenzar esta recensión resaltando el conjunto de rasgos y características generales que distinguen este libro. Por principio de cuentas destacaré el título –entre metafórico y poético, a la vez— que encabeza el texto: Las Palabras de la Bestia Hermosa, cerrándolo nuevamente mediante la metonimia para resaltar sus carácter humanista con el subtítulo: Breve manual de psiquiatría con alma (Debate, 2024).

Desde un principio nos comparte una idea que muestra mediante el siguiente epígrafe: “Antes de poder vencer a una bestia, es preciso volverla hermosa”, recuperado del libro autobiográfico: Una mente inquieta de K.R. Jamison (1995), el cual trata sobre cómo la autora del texto afrontó un “trastorno Bipolar”; de manera similar lo hizo Mauricio Montiel Figueras en su libro Un perro rabioso, noticias desde la depresión (2021), a propósito de la Depresión Mayor.

Trátese de una “Bestia” que habrá que embellecer o de un “Perro rabioso” que habrá que mantener a raya, en ambas metáforas aparecen lo terrorífico de los “trastornos mentales”, o de los problemas de salud mental y, a su vez, la innegable posibilidad de conocerlo, manejarlo, quitarle los rasgos terroríficos y “mantenerlo a raya”.

Pese a que Guillermo Lahera no aborda la cuestión de la pertinencia y relevancia del uso de las metáforas, la metonimia o las eponimias en la búsqueda de ayudar a la comprensión y explicación de los problemas de salud mental o los así llamados “trastornos mentales”, acude a éstas porque para él, sin que lo diga, son muy útiles.

Pues bien, de modo similar, pero con una narrativa centrada en estudios de caso y considerando sustancialmente a las personas y sus familiares, los quiénes dolientes primarios y secundarios, hubiera expresado Foucault en su Nacimiento de la clínica, Una arqueología de la mirada médica (1963), Guillermo Lahera nos muestra que, en efecto, para vencer a la “Bestia”, para “mantener a raya al Perro Rabioso” es preciso conocerlos y reconocer el conjunto de rasgos y características que les distinguen, desde sus orígenes y a través de su desarrollo, para de esta manera aproximarse a ellos, enfrentarlos y tratar de derrotarlos.

II

Recuerdo que hace más de cuatro décadas (1977) leí un libro de Alexander Romanovich Luria cuyo título es: El hombre con su mundo destrozado (1973)[1]. Posteriormente el mismo Luria, en su obra póstuma Tha Makig of Mind: A Personal Account of Soviet Psychology,particularmente en el capítulo 10, “Science Romantic”, hubo definido como “Ciencia romántica” el estudio de los casos clínicos uniendo, de la mejor manera posible, la disciplina científica con la recuperación del ser humano como objeto de interés –¿una actitud o postura humanista?— y, sobremanera, del sentido que para las personas concretas adquiere la presencia de un evento que era inesperado e indeseado, como lo son las enfermedades, los traumas psíquicos, los traumatismos, las guerras y sus sobrevivientes, la violencia estructural, etcétera, los cuales acarrean consecuencias, también indeseadas o inesperadas, a ciertas personas y su entorno familiar y comunitario, mediante la narrativa clínica; esto es, recuperar una aproximación fenomenológica.

A las circunstancias que se observan mediante las consecuencias que para algunas personas significan tales eventos y al estudio y aproximación a esta fenomenología el propio A.R. Luria les denominó “Experimentos naturales” porque las “Variables independientes” no las instrumentaba el “investigador”, léase el clínico; éstas eran consecuencia de eventos que escapaban al control y la voluntad del investigador-clínico. Éste únicamente describiría, analizaría e intervendría con fines habilitatorios o rehabilitatorios dentro de los ámbitos de la práctica clínica.

Un poco después conocí el libro que se titula El hombre que confundió a su mujer con unsombrero (Muchnik, 1987), de Oliver Sacks, quien hubo prologado el libro El hombre con su mundo destrozado. En este libro el autor presenta un conjunto de casos clínicos dedicados a exhibir y analizar con base en ellos un conjunto de categorías, conceptos y premisas de lo que es la neuropsicología. Ambos libros (el de Luria y el de Sacks) se hallan dentro del ámbito de la “Ciencia o Neuropsicología Románticas”.

Posteriormente leí un ensayo ¿novela?, del escritor mexicano Rafael Pérez Gay, que se llama El cerebro de mi hermano (2013)[2]. El libro citado está dedicado al deterioro cognitivo mayor o proceso demencial de su hermano José María Pérez Gay; El cerebro de mi hermano es una narración ¿novelada? y no velada de un personaje, y de los cambios que fueron dándose desde sus orígenes, durante todo el proceso que llevó, así como las diferentes estrategias de afrontamiento y su desenlace que, tanto el personaje principal como sus familiares, fueron confeccionando para afrontar de la mejor manera posible dicho proceso “retrogenésico”, dijera Julián de Ajuriaguerra, más que el de una “regresión” a la infancia neonatal.

Más tarde, entre otros textos, leí el breve Diccionario clínico del alma (2010) del neuropsiquiatra mexicano Jesús Ramírez Bermúdez, con un prólogo del Dr. Francisco González Cruz., libro que también trata o aborda, mediante la muestras de casos clínicos, una serie de problemas de orden neuropsicológico y neuropsiquiátrico.

Muy recientemente pude leer los libros del Dr. Saúl Martínez-Horta, Cerebros Rotos: Pacientesque me enseñaron a vivir (2022) y, desde luego el intitulado maravillosamente El cerebro es un Cabrón: Historia de vida alteradas por una enfermedad neurológica (2025), de Aarón Fernández del Olmo, trabajos que mantienen sus pasos sobre esta senda de estudios de caso, estudios longitudinales, y la narrativa clínica.

Parece ser que lo que proponía el neuropsicólogo canadiense, André-Roch Lecours, que ya era la hora exacta para transitar de la “Neuropsicología del qué” (la afasia, la agnosia, la amnesia, la prosopagnosia, etcétera; léase los síndromes o trastornos), a la “Neuropsicología del ¿cómo?”; es decir, explicar los procesos que subyacen a los primeros porque de otra manera uno se queda en un modelo de asignación de etiquetas y estigmas. Ello se enmarcaba claramente dentro de lo que se denominó “Neuropsicología Cognoscitiva”, o “Cognitiva” para los amantes de los anglicismos.

Sin embargo, desde los trabajos clásicos de Luria y Sacks, y los posteriores desarrollos de Jesús Ramírez-Bermúdez, Saúl Martínez-Horta o Aarón Fernández del Olmo, entre otros más, se empezó a recuperar la idea de que ya era también el momento de trascender la “Neuropsicología del ¿cómo?” y acercarse decididamente a la “Neuropsicología o a la Neuropsiquiatría del ¿quién?”.

Considerando que los cánones y los “Santos óleos” de la investigación científica en boga, desde hace poco más de medio siglo, exigen estudios con muestras representativas de población y análisis estadísticos sofisticados que muestren la solidez de los datos, su análisis, sus conclusiones y demás “evidencias” fueron desplazando la práctica que desde los siglos XVIII y XIX era muy tradicional; a saber: la narrativa clínica. Esta práctica clínica y narrativa implicaba siempre los estudios longitudinales de casos, sin omitir el criterio semiológico de que “el quien” demandaba una semiotización en plural. ¿Quién? es, sin duda alguna, el paciente o la persona “doliente”; pero también incluye a su familia y a la comunidad dentro de la cual se encuentran insertos los pacientes. Devolverle la vida, en estas condiciones y circunstancias a alguien, léase el ¿quién? y a partir de dicho ¿quién? –en plural— analizar los ¿qué? y los ¿cómo? es una práctica que se ha obliterado en la producción, edición y publicación de materiales “académicos” o “científicos”.

III

Valdría la pena inquirir: ¿Se ha perdido en la práctica clínica la competencia narrativa?

Pues bien, el trabajo que ahora nos ocupa, Las palabras de la bestia hermosa, da muestra plena de que al decir de Juan Ruiz de Alarcón en su obra La verdad Sospechosa:“Los muertos que vos matáis gozan de cabal salud”. Sin duda alguna, además de los libros citados, entre otros que no he referido, abordar desde el ¿quién? (plural) se trascienden los ¿cómo? Y, desde luego, el ¿qué?

Las palabras de la bestia hermosa, en este sentido, es un trabajo que inicia. con un caso, sigue con otro y otros más, lugar desde donde toca las cuestiones relativas a la esquizofrenia, los delirios, la depresión o lo que algunos llaman el trastorno bipolar, no solo porque el trastorno bipolar incluye a la depresión, sino porque también considera fases de manía o maníacas y, desde luego, aborda el famoso Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC), entre otros más.

Quiero destacar aquí que no solamente describe los casos como pudieron hacerlo Luria, Oliver Sacks o como lo han hecho otros personajes, que han hecho de la narrativa su herramienta predilecta.

Debo subrayar, por ejemplo, que desde un principio la reflexión del autor nos introduce en la no tan novedosa, pero siempre pertinente y necesaria discusión sobre la naturaleza teórica y práctica de los trastornos mentales o síndromes y, además, otra vieja discusión sobre las causas de los mismos trastornos mentales sea cual fuere el término de época que se utilizara para describirlos e interpretarlos. No importa si se habla de la esquizofrenia o la psicosis, del trastorno bipolar, o del trastorno obsesivo compulsivo. Resalto también que, desde el inicio del trata de ubicar “los trastornos” considerando dos contextos ineludibles para su comprensión y análisis: el de la “persona doliente” y el de su entorno, pero no sólo ello, sino el de la correlación –que no causalidad— entre los elementos de naturaleza neurobiológica o genética para alguno de los trastornos y la naturaleza de los entornos socio e histórico culturales; es decir, una añeja discusión sobre el papel de la herencia y el entorno.

Estas reflexiones, sin duda, acarrean consecuencias en torno a la práctica clínica entre psiquiatras, neurólogos, psicólogos y, desde luego, se muestra matizado este asunto en el falso debate de si psicoterapia o farmacoterapia como alternativa a instrumentar; otro asunto que descuella subrepticiamente es el de las corrientes “antipsiquiátricas” porque, por ejemplo, no conozco una anti-psicología, pero sí una antipsiquiatría. Recuérdese a Ronald Laing, David Cooper, al propio Thomas Szasz y desde luego a Franco Basaglia quienes, por lo demás, eran de formación psiquiátrica y, el último de ellos además estuvo preso en un campo de concentración fascista en Italia y era militante comunista. En el campo de la psicología puede identificarse un conjunto de escuelas o “paradigmas”, pero en psicología ninguno es anti-psicocoterapia o anti-psicología, mientras que en el caso de antipsiquiatría sí se planteó de tal manera; al parecer, el problema consiste en: ¿cómo interpretar esa categoría? ¿Es un planteamiento en contra de la psiquiatría, como disciplina? o ¿es un planteamiento que busca transformar ciertas prácticas opresivas dentro de la psiquiatría, que no es lo mismo, aunque parezca igual? Ahora bien, esta cuestión también la presenta con bastante lucidez y de manera nítida Guillermo Lahera.

Paso ahora a referir el conjunto de capítulos que contiene el libro, además de una introducción; empieza con Julián el poeta, para hablar de lo que es la esquizofrenia o, mejor dicho, ¿la psicosis?, además de abordar la cuestión relativa a los aún poco claros fenómenos de las alucinaciones y los delirios; con Leonor y la sombra, aborda un delirio paranoide un tanto extraño. El caso de Kevin le permite exponer el trastorno bipolar, luego José y sus hermanos que le permites exponer el fenómeno de los acumuladores, le siguen Cecilia en una prisión mental con base en la cual nos presenta el Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC), Ainoha sangrado por la herida quien le permite tratar la Trastorno por Stress Postraumático (PST), Jesús el profesor de física que facilita la exposición sobre la depresión y el suicidio y, para cerrar, Las Cartas Perdidas.

Esta última parte exhibe una serie de cartas que pacientes psiquiátricos escribieron estando “internados” en la “Casa de Dementes de Santa Isabel, el antiguo manicomio de Leganés”. En este apartado, Guillermo Lahera expresa, no sin dejo de asombro y perplejidad: “Las cartas rebosan psicopatología y resulta evidente que estos pacientes tenían graves enfermedades mentales. Pero sus lamentos y recriminaciones se siguen oyendo. Cada misiva arrastra consigo una biografía, una historia singular, pero una misma súplica: «Sácame de aquí». Estas desesperadas cartas, dirigidas al hermano, a la mujer, al cuñado, al médico del pueblo, a ese amigo lejano que podía tener algún contacto en la Administración, al alcalde, al rey de España… nunca llegaron a destino, porque nunca fueron tramitadas por la dirección del hospital psiquiátrico, y simplemente se adjuntaron a la historia clínica. Se comprende que en alguna carta algún paciente se muestre incrédulo ante la falta de respuesta: «No puedo creer que me hayas olvidado”. En fin…

IV

Debo expresar, sin duda alguna que a través del estudio de los “trastornos mentales”, –por ahora no voy a poner en tela de juicio la noción de “trastornos mentales”—, pero no solo de ellos, hemos accedido al reconocimiento de un “cerebro social”; Roger Bartra, en su libro Antropología del cerebro, la conciencia y los sistemas simbólicos (2006) habla de un “exocerebro”, interconectado, narrativo y muy permeable a las condiciones ambientales, es decir, histórico-culturales. Esto es, un conjunto de “redes” que trascienden a las neuronales o intracraneales.

Tengamos claro que Guillermo Lahera no es neuropsicólogo o neurólogo; él es psiquiatra, ello implica una aproximación teórica y práctica distinta a la lógica que sustenta las prácticas neurológica o neuropsicológica. Las Palabras de la Bestia hermosa es un texto que, según mi opinión, más que pretender mostrar los casos en particular trata de ayudarnos a entender una aproximación teórica y metodológica a la práctica clínica, recuperando inevitablemente, a un “quién”, no olvidando el “qué” y el “cómo”. Es decir, la clínica del “quién” o “quiénes”. Esto es lo que, según mi opinión, hace valer la pena el trabajo de Guillermo Lahera.

V

Finalmente, para cerrar estos breves comentarios no quiero dejar de resaltar, a guisa de ejemplo, el capítulo que se titula: Ainoha, sangrando por la herida.

Con este caso aborda una cuestión crucial para la psicología, la psiquiatría y la psicoterapia, a saber: la noción de “trauma psíquico”, que no de traumatismo, y cómo interpretarlo y abordarlo. Para ello las primeras preguntas que se hace son: ¿Toda adversidad en la vida es un trauma o traumática? o, mejor dicho, ¿Qué es un trauma psíquico y qué no?

Cito textualmente: “Inicialmente, ‘es una situación extrema, que pone en peligro la vida o la integridad del sujeto, vivida con intenso terror o indefensión’, lo que incluye ser víctima de un atentado terrorista, de una agresión física o de una violación, sobrevivir a una catástrofe natural o a un grave accidente de tráfico”. Esta primera definición sería, sin duda, consolatoria, sin embargo, como el propio Lahera expone: “(…) en la definición de los últimos años ha ido perdiendo importancia el hecho objetivo que tiene lugar y ha cobrado gran protagonismo la vivencia subjetiva, los sentimientos asociados de horror, indefensión o abandono. Así, las escalas recientes de trauma se refieren en realidad a ‘acontecimientos adversos’, incluyendo situaciones de discriminación, de pobreza, vivir con un enfermo mental o que un familiar entre en prisión, por ejemplo. El concepto de trauma se ha transformado entonces a ‘situaciones adversas vividas traumáticamente´”. A guisa de ejemplo, cito nuevamente: “El paciente nos dice que, para él, fue un trauma la separación de sus padres o que le impidieran llevar tatuajes hasta los dieciocho, y, pese a que el sentido común dificulta equiparar esta adversidad a ser testigo de las matanzas de Ruanda, poco podemos añadir ante su legítima y respetable vivencia subjetiva”.

Hata aquí queda claramente planteado el problema de fondo: ¿Qué es un trauma psíquico y qué no?

Para cerrar este primera reflexión nuevamente Lahera nos alertará: “El termostato de nuestra época se ha desajustado. Hay quien piensa que todo esto es un cambio positivo, que valida la respetable vivencia interior de las personas y cuestiona —con cierta razón— quiénes somos nosotros para opinar desde fuera qué supone un trauma. Pero existe también el riesgo de que, si todo es trauma, nada acabe siéndolo realmente, y que utilicemos el mismo término para hechos por completo dispares, desvirtuándolo y banalizándolo”. ¡That is the question!

Parece ser que en nuestra experiencia profesional hemos escuchado o visto personas que refieren una vida traumática y con ello, de cierta manera, parece que tratan de justificar el estado que presentan.

Por otro lado, conocedores somos de que el “trauma psíquico”, sin atenernos a la reflexión precedente, tiene un efecto duradero el vida de las personas que lo refieren, en aquéllas que forman parte de su entorno familiar y comunitario. Aquí se refiere, sin duda, a la memoria “acuerpada”, esa que no se muestra con la palabras, es muda, silenciosa, invisible o imperceptible, empero está presente con una serie de síntomas y signos que la hacen terrorífica.

Dicho de manera sintética: “Los acontecimientos traumáticos suelen tener tres características básicas: la falta de control, la percepción muy negativa de la experiencia y su aparición imprevista o repentina (… es decir…), no hay situaciones traumáticas per se, dado que lo traumático alude a un fallo en la elaboración psíquica de la experiencia”.

Pues bien, el caso de Ainoha le permite a Guillermo Lahera mostrarnos una aguda y profunda reflexión sobre el “trauma psíquico” y sus consecuencias. Por lo demás, el caso deriva de la realidad concreta que se vivió en España a propósito de la Dictadura de Franco y la “Guerra de ETA”.

VI

Hasta aquí dejo esta extensa recensión con la certeza de que es, de cierta manera, un invitación a leer Las Palabras de la Bestia Hermosa.


[1]    Una edición argentina (Granica), editorial que fue liquidada durante la dictadura militar instaurada en la década de los años 70 del siglo pasado; existe otra versión en español (2014) y una edición en inglés (1987), con un prólogo de Oliver W. Saks, quien fuera un ferviente seguidor de la propuesta A.R. Luria.

[2]    El autor trata narrativa y literariamente el asunto que nos muestra, pues no es un profesional clínico, es un escritor que publica novela, cuentos y ensayos; sin embargo, por su estructura y estilo es un excelente trabajo en esta misma dirección.